Libertad sin responsabilidad es fraude.

Por Daniela Minnetti

Si bien la tecnología es binaria ya que usa un sistema diádico, pensar en ella no debería serlo. Mientras la IA (Inteligencia Artificial) arrasa con lo que creíamos entender por modernidad, la premisa principal en cuanto al avance tecnológico ya no es una vacía discusión basada en el bien y el mal, hoy el uso correcto de ella dependerá de la voluntad política en ejecutar la concientización digital.

La tecnología reviste las características de una herramienta, para usarla correctamente hay que leer las instrucciones.

Es así cómo lo que algunos se animan a llamar “nuevo orden mundial” exige que prestemos atención como consumidores, al menos, a tres cuestiones puntuales y claves, la ciberadicción, la economía de la atención y la protección de los datos personales.

TRISTAN HARRIS, fundador de la compañía “Time Well Spent” y ex ejecutivo de Google, ha comenzado una larga campaña a favor del avance tecnológico, pero en contra del hackeo mental.

Cautivó su interés años atrás, la idea de que las campañas inteligentes basadas en la atrapante “economía de la atención” eran igual de nocivas que aquellas que a principio de los 90’ replicaban las industrias tabacaleras o de comida chatarra.

Veamos.

En el año 2012, las personas de entre 13 y 17 años enviaban un promedio de 3364 mensajes por mes, según un estudio de AMANDA LENHART del Centro de Investigaciones Pew, Washington, Estados Unidos. En 2018 un ciudadano promedio desbloqueaba su celular 200 veces al día, más o menos una vez cada 7 minutos, mientras que el uso real del teléfono era de 5 horas diarias. Hoy en día, la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce que 1 de cada 4 personas sufre algún trastorno de conducta relacionado con adicciones sin sustancias, particularmente vinculadas a la nomofobia.

La mayoría de las personas hemos escuchado, al menos una vez en nuestra vida, cifras alarmantes respecto del uso irresponsable de internet y sus consecuencias para la salud física y mental. Es cierto que los casos más resonantes para nuestro país fueron los “juegos suicidas” como la “Ballena Azul” y “Momo”, sin embargo, como vamos a ver a continuación, la peligrosidad del analfabetismo cibernético no repercute sólo en niños y adolescentes, estos sucesos forman parte de una nueva era que presenta desafíos mucho más sutiles y altamente perjudiciales a cualquier edad.

La “finanza conductual” es un conjunto de algoritmos creados en gran parte gracias al tráfico de datos personales y que en definitiva nos persuade a creer que actuamos voluntariamente cuando en realidad estimulan nuestro deseo en base a la información personal recolectada, ergo, creemos que necesitamos lo que nos hacen creer que necesitamos.

Por su parte para el entendimiento correcto del manejo de la mercadotécnica inteligente, debemos hacer mención a la neuroeconomía, un campo interdisciplinario que busca explicar la habilidad de procesar múltiples alternativas y además seleccionar un curso de acción. A su vez, estudia la conducta económica para entender de mejor forma la función del cerebro, y estudia el cerebro para examinar y complementar modelos teóricos acerca de la conducta económica. Esta interdisciplina combina métodos de investigación de la neurociencias, economía conductual (economía del comportamiento), psicología cognitiva y psicología social.

Fue así que, mientras algunos buscaban parientes italianos en Facebook y otros espiaban a sus compañeros de trabajo por Instagram, un grupo de empresarios compraba pautas publicitarias. En realidad, hasta ahí no era nada más que una versión new age del capitalismo en general, pero hubo una particularidad especial.
La forma de procesar datos gracias a los avances tecnológicos y al surgimiento de las compañías especializadas permitió que nuestros comportamientos en red sean estudiados y segmentados a fin de establecer patrones de consumidores, particularmente conforme los “likes”. Así, los magnates ya tenían las plataformas y las estrategias perfectas para llevar el consumismo a un nuevo nivel.

Pasó el tiempo, y mientras la Data se hacía cada vez más Big, surgió una plataforma más sofisticada y adictiva que cualquier otra vista hasta el momento, Netflix.

REED HASTINGS, director ejecutivo de dicha plataforma, en el año 2017 declaró que su mayor enemigo era el sueño, haciendo alusión al momento en el cual la gente no puede consumir su producto. Y tiene bastante sentido porque el Big Data y la economía del comportamiento permitieron conquistar un nuevo territorio, “el hackeo de la atención”, creer que necesitamos algo gracias a ecuaciones algorítmicas y técnicas de persuasión sofisticadas (y no tanto). Este falso “necesitar” (aquella persona que pensó que era comprar directamente estaba muy equivocado) refleja la importancia de productos como Netflix, un atrapa sueños tan sigiloso y mortal como adictivo.

A estas alturas corresponde poner de resalto que el hackeo mental se compone principalmente de estrategias publicitarias erigidas conforme un procesamiento previo información personal, la que, para sorpresa del lector, solemos brindar voluntariamente sin percibirlo, por ejemplo al aceptar términos y condiciones sin leer. Ahora bien, ¿qué está pasando a nivel mundial con este despertar colectivo de nuestra consciencia que empieza a ver una nueva posibilidad de uso de las nuevas tecnologías?

Ser conscientes de los datos que brindamos a diario en el cibermundo, sumado a la internalización de que las ofertas son direccionadas a nosotros intencionalmente conforme los rastros de búsqueda que dejamos en la web, son parámetros a tener en cuenta para poder navegar y disfrutar de la red como un medio controlado por nosotros mismos, y no a la inversa. Este es el primer paso para comenzar a debatir desde un lugar pro activo sobre qué datos personales no vamos a renunciar y cómo vamos a ejercer nuestra nueva ciberlibertad.

A nivel mundial, en algunos lugares del mundo como Singapur intentan enviar proyectos de ley penalizando difusores de Fake news, mientras organismos internacionales como Amnistía lo ven como una forma oscura de arremeter contra la libertad de expresión.

En EEUU, senadores de los estados más republicanos ya hablan de establecer límites al uso diario de internet. En Europa la línea es una fuerte protección de datos personales a fin de evitar su abusiva venta y consecución.

En general la pelea de los gobiernos vs. internet siempre tiene como contracara la libertad de expresión, puesto que cualquier regulación que se quiera hacer de la red va a implicar avasallar dicho bien jurídico. Entonces, ¿Dónde estamos?

De momento, el mayor problema está en que, en general, las organizaciones sin fines de lucro son las que vienen saldando el silencio de ciertos gobiernos, que no han tendido de momento un plan serio de alfabetización y concientización digital. En nuestro país, dichas campañas se orientan a fines pedagógicos o guías informativas, especialmente vinculadas al desarrollo de los niños con su medio informático.
Sin embargo, existe una situación clave que está barajando las cartas del nuevo orden y está relacionada con quien será el país con mayor desarrollo tecnológico para el control de la atención y del comportamiento.

Este ajedrez tecnológico mundial no debe ser visto como una nueva competencia entre países como EEUU, China y Rusia (aunque en parte lo sea), sino como una oportunidad nacional para incorporar responsablemente a la tecnología como una herramienta de crecimiento.

Y acá es cuando hablamos de la libertad. No solamente porque es la premisa de internet, sino porque nuestra libertad y entendimiento son las que están en juego y las que van a definir como vamos y hacia dónde. Si desde el Estado no se implementa la importancia del desarrollo tecnológico nacional junto a una campaña de concientización digital, la libertad que pretenderemos ejercer al momento de disfrutar de nuestro tiempo libre, de teletrabajar, de comprar y de decidir va a ser netamente ilusoria.

Desde mi punto de vista la realidad actual irrumpió caóticamente como un llamamiento para tomar la concientización y alfabetización digital como una política de Estado crucial en el entendimiento y posicionamiento de nuestra Nación en la nueva modernidad mundial.

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